lunes, 21 de mayo de 2012

La verdadera Paz está en Dios


BIENAVENTURADOS LOS QUE CONSTRUYEN LA PAZ, PORQUE ELLOS SERÁN LLAMADOS HIJOS DE DIOS. (Mt 5, 9).


Sólo de Mí pueden esperar verdadera y duradera paz, quiero hacerles comprender la inestabilidad de las cosas humanas y de las criaturas, para hacerlos comprender que sólo Dios es el Ser estable de quien pueden esperar todo bien y que si quieren justicia y paz, deben venir a la fuente de la verdadera justicia y de la verdadera paz.
La paz es la primavera del alma, todas las virtudes nacen, crecen y sonríen, como las plantas y las flores, a los rayos del sol primaveral, que disponen a toda la naturaleza a producir su fruto. Si no fuera por la primavera, que con su sonrisa encantadora sacude a las plantas del sopor del frío y viste la tierra como de un manto florido, que llama a todos con su dulce encanto para hacerse mirar, la tierra sería horrible y las plantas acabarían secándose. Así que la paz es la sonrisa divina que sacude al alma de todo entumecimiento, que como primavera celestial sacude al alma del frío de las pasiones, de las debilidades, de las ligerezas, etc., y con su sonrisa hace nacer, más que campo florido, todas las flores y hace crecer todas las plantas, entre las cuales el Agricultor Celestial se digna pasear y tomar de ellas los frutos para hacer de ellos su alimento; así que el alma pacífica es mi jardín, en el cual Yo me recreo y me entretengo. 


La paz es luz, y todo lo que el alma piensa, habla y obra, es luz que emite y el enemigo no puede acercarse porque se siente golpeado por esta luz, herido y deslumbrado, y para no quedar ciego está obligado a huir. 

La paz es dominio, no sólo de sí mismo sino también de los demás, así que delante a un alma pacífica quedan, o conquistados, o confundidos y humillados, por esto, o se hacen dominar haciéndose amigos, o se van confundidos no pudiendo sostener la dignidad, la imperturbabilidad, la dulzura de un alma que posee la paz, aun los más perversos sienten la potencia que esa alma contiene. Por eso me glorío tanto en hacerme llamar Dios de la paz, Príncipe de paz, y no hay paz sin Mí, sólo Yo la poseo y la doy a mis hijos como a hijos legítimos, los cuales quedan vinculados como herederos de todos mis bienes.