martes, 25 de marzo de 2014
lunes, 10 de marzo de 2014
Poco conocemos de nuestro San Alberto Hurtado, sus escritos me han impactado muy positivamente, su manera de expresarse es muy clara y entendible. Nos invita a vivir la palabra del Señor.
L a b ú s q u e d a d e D i o s
EL OBSTÁCULO MAYOR DEL OPTIMISMO
1. El obstáculo mayor del optimismo es el sentimiento de inferioridad
El psicólogo vienés
Alfredo Adler ha tratado de echar por tierra la teoría de Sigmund Freud sobre
la causa de la neurosis. Según Freud, las neurosis arrancan de la represión de
una tendencia de orden sexual, en los primeros años de la vida, que, sepultada
en el inconsciente, perturba nuestra conducta. El remedio consistirá, mediante
un psicoanálisis, en sacar a la conciencia ese elemento perturbador del
inconsciente. Alfred Adler, en cambio, encamina sus explicaciones desde un
punto de vista totalmente diferente: él parte de la tendencia que tiene toda
persona de ser estimada, apreciada, del hambre de consideración... y cuando
este sentimiento es atropellado, la tristeza interior provoca un verdadero
conflicto que se traduce en el complejo de inferioridad (sentimiento de menor
valía, compensado con revanchas en las líneas en que uno se siente fuerte).
Este complejo de
apocamiento –llamémoslo así– es uno de los mayores obstáculos al optimismo.
¿Yo, para qué valgo? ¿Qué sentido tiene mi vida? Soy incapaz de todo... y por
eso nadie me cotiza; no se me considera...
Y de aquí, un cruzarse de
brazos. Al pretender empujarlo a que llene su vida de amor, a que haga algo
útil por los demás... se ve lleno de desaliento. “Lo mismo da que haga, o que
no haga. ¿De qué sirve mi modesto trabajo? ¿Qué va a pesar mi abstención?... Si
yo no me sacrifico nada cambia... No hago falta a nadie. ¿Un voto más o
menos?”... ¡Cuántos apóstoles se frustran... cuántas energías se pierden!
¡Cuántas almas se amargan!.
2. Cómo vencer el pesimismo
¿Y esta dificultad es
verdadera? Sí... ¡¡y no!! Yo solo, ¿qué valgo? Bien poca cosa... Mis poderes de
acción son tan limitados; mi prudencia tan incierta; mi valor tan débil... mi
carácter tan vacilante... ¡¡Pero hay una manera en que puedo valer y mucho!!
Tomado por las manos de Dios. Veamos la prueba.
Jesús predicaba... Lo
seguía una inmensa muchedumbre. En una ocasión eran 5.000 hombres, sin contar
las mujeres y los niños... Tres días iban tras Él: su hambre debía ser
devoradora. Parecida a la que tiene el mundo moderno.
¿Comida para esa gente?
Jesús quiere probar la fe de sus discípulos. ¿Qué haremos para darles de
comer?... 200 denarios, el sueldo de un año de un obrero, no sería suficiente
para darles un bocado... Pero, ¿para qué pensarlo siquiera?, ¡en el desierto!
¡Diles que se vayan!, dice el pesimista Felipe. ¡Que se vayan! ¡Que se las arreglen
como puedan! No le veía otra solución... Lo mismo que el pesimista-naturalista.
¡La tremenda desproporción! ¡Tanto que hacer! ¡Tan difícil la tarea... y el
instrumento tan débil!
Felizmente, había allí un
optimista-sobrenatural. Este era un chiquillo: tendría sus 10 años. Su alma
abierta y límpida había comprendido lo que Jesús era... y quería hacer...
¡hacer algo!
La tradición le ha dado
un nombre. Se llamaba Ignacio, Ignacio el que después fue obispo de Antioquía y
mártir de Cristo. El que escribió después páginas tan bellas como ésta; antes
de ser arrojado a las fieras y para que los cristianos no se lo impidieran:
Leer.
Pues bien, Ignacio se
presenta atrevidamente a Jesús y, lleno de confianza, le ofrece lo que tiene:
¿Qué era eso? Cinco panes y dos peces... ¡qué panes! De cebada, duros como
tejas... dos peces de agua dulce, blanduchos... quizás medio descompuestos,
después de tres días de ajetreo en medio de aquella gente que se apretuja...
¡Qué poca cosa... qué ruin! ¿Qué valía aquello? Bien lo comprendió Felipe el
pesimista: ¿qué es esto para tanta gente? La tremenda desproporción. ¡El eterno
problema!
Pero el chiquitín
optimista persiste feliz con su oblación... Hay 20.000 personas hambrientas.
Allí está él con su canasta. Lo mira de hito en hito, su nariz respingada, sus
ojazos abiertos, su pecho al aire, sus patitas descalzas, pero su alma entera y
confiada... Él piensa que es tan sencillo y tan natural dar al Señor lo que uno
tiene... Que si cada uno hiciera lo mismo, no habría problemas. Lo que tiene,
lo da. Es poco, es pobre. ¡¡No tiene más!! Tomad Señor y recibid. El valor de
la oblación ante los ojos de Dios no se mide por la riqueza del don, sino del
amor. Tomad Señor estos frutos de mi huerto, están estropeados por las heladas,
¡¡pero no tengo más!!
¿Desprecia el Señor esa
oblación? No. La recibe, la carga de su bendición... y con esos cinco panes y
dos peces alimenta a toda esa inmensa muchedumbre, y todavía doce canastas de
sobras: cabezas y espinas, ¡que hasta eso lo considera Cristo!
¡Ah, si yo comprendiera!
Si me resolviera a dar a Cristo mi pobre don, pequeño, insignificante, mi alma
mezquina, ¡si la pusiera al servicio de Cristo! Mis pobres centavos: como la
Sinforosa; como la sirvienta belga: 5.000 francos para que un sacerdote negro
suba al altar [a ofrecer la] Misa por mis padres. Cuando años después va un
Padre como visitante al Congo, y oye que todo está bien... Es que aquí hay un
ladrillo cargado de bendiciones. Cuando recibo para el Hogar de Cristo esas
limosnas: “Es todo lo que tengo: mi anillo de compromiso; esta alhaja, no tengo
más”... Yo estoy seguro que esas obras han de prosperar.
Y si mi problema es
problema de alma: mi ruindad, mi pequeñez, recuerde lo que Cristo ha hecho con
sus almas, las que consienten en entregársele: Camilo Lellis, el juego; Mateo
Talbot, el trago; Eva Lavalière, la vanidad; María Magdalena, una mujer
pública... Jóvenes que no eran nada... y después son tanto, ¡porque Cristo los
ha tomado en su mano bendita!
Se quejaba uno: ¡Soy tan
poca cosa, tan burro! Lo felicito; si Dios, por la mano de David, con una
quijada de burro mató a tantos filisteos, ¿qué hará cuando tenga un burro
entero?. Ruines pecadores fueron convertidos en alimento de millones de seres
que han comido y seguirán alimentándose de ellos.
Yo puedo cambiar la faz
de la tierra. No lo sabré, los peces tampoco lo supieron... y en esos momentos
de desaliento piense en lo que puede el hombre tomado por Dios.
¿Soy pequeño como gota de
agua? Piérdame en el cáliz... deme y seré transubstanciado. Una gota de agua
entre tantos problemas... Seré mucho si consiento en perderme en Cristo, ¡¡en
abandonarme en Él!!, en ser Él. “Vivo yo; ya no yo; vive en mí Cristo” (cf. Gal
2,20).
¡Ser Cristo! He aquí todo
mi problema. La razón de ser de la creación. Todo el mundo ha sido creado para
la gloria del Hijo de Dios, y yo me uno al Hijo de Dios por mi bautismo, que me
hace a mí también Hijo de Dios, y me vinculo más y más íntimamente cada vez que
comulgo. Por la Eucaristía puedo yo decir con toda verdad: ¡Cristo vive en mí,
yo en Él! No ser sino uno. Toda la razón de ser de mi vida, todo el sentido de
mi existencia, lo descubro y lo recuerdo cada vez que asisto a la Santa Misa,
cada vez que comulgo.
3. Cómo recordar nuestro valor
La Santa Misa es por esto
el sacramento del optimismo. Efectivamente, hay en la institución de la Sagrada
Eucaristía, cuatro palabras, por demás decidoras, que resumen toda la teología
de la Eucaristía, que es también la teología del optimismo. En la última noche
que el Señor pasó con sus discípulos, como los hubiese amado, quiso amarlos
hasta el fin (cf. Jn 13,1); se sentó a la mesa, en sus santas y venerables
manos tomó el pan, lo bendijo, lo partió, y lo dio.
Lo tomó. En la noche de
la institución, sobre la mesa del convite, había una canasta de pan... con
multitud de panes, tan pobres como los del pequeño Ignacio, y Cristo tomó uno,
el que quiso... no por mérito suyo, sino por su inmensa dignación... De entre
los 2.000.000.000 de hombres me escogió a mí, me llamó a mí, a ser su hijo, me
invita a hacer algo, algo grande. ¿Lo podré?
Lo bendijo. Lo cargó con
su bendición y lo transubstanció. Sobre el altar, un copón de hostias: harina y
agua... arrugadas, amarillas, hilachentas... Cargadas de la bendición de
Cristo. Al asistir cada día al Ofertorio, veré al sacerdote que ofrece algo tan
pobre. ¿No tiene vergüenza? Pero en la consagración, ¡esa pobreza, se
transforma en divinidad!
Lo partió. Y ese pan
preparado, lo rompe... Vea romper esa hostia... Los sacrificios... no para
destruir, sino para dar. El grano de trigo... si no muere (cf. Jn 12,24).
Lo dio. El fin de mi
vida: darme. Darme entero a los demás, con optimismo, porque cargado de la
bendición divina. Si yo pudiera asistir cada día a Misa, comulgar cada día...
¡Cuánto sentido de optimismo tendría mi vida!
Y luego durante el día,
orar... Orar sabiendo que Él vive en mí. Que no [somos] dos sino uno. [Es una
enseñanza] de fe: la habitación de Dios en el alma. ¡Nosotros! No yo solo. Él
en mí. ¿Valgo algo? ¡Ya lo creo! ¡A Ti solo me he entregado!
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